Y tú, ¿a qué tienes miedo?
Marzo de 2018, Disneyland París, una cola muy larga para montar en una atracción. Las dos, solas, como tantas veces. Se queda mirando a la atracción, es rápida, con subidas y bajadas que para una niña de 6 años puede suponer un reto.
Mirando a la atracción -Mamá, ¿tú a que tienes
miedo? -
-A no poder pagar el alquiler, a no llegar a fin de mes...- le confieso sin darme cuenta. Ensimismada mirando, también la atracción.
Los miedos mutan a lo largo de nuestra vida. Ahora mis
miedos están más relacionados con mi familia, no tanto con el éxito y el logro, como hace unos años... o eso creo.
Aunque sigo teniendo grandes miedos.
Como esto trata de abrirse de par en par, allá voy. Hace dos
veranos descubrí un nuevo miedo. El miedo a morir y dejar a mi hija sin madre.
No es miedo a morir, eso llegará (espero que dentro de mucho). Es más, la
segunda parte: dejar a mi hija sin madre. Me preocupa que sería de mi hija sin
mí.
Este miedo es nuevo, también tengo algunos viejos, con
solera ya. Y otros que estuvieron y se han ido. Algunos intermitentes.
Tuve un miedo muy grande, durante muchos años, pero se está
yendo. También tiene que ver con mi hija y el daño que pueden hacerme a través de ella. O el daño que pueden hacerle a ella para dañarme a mi.
Luego están los miedos de siempre, a los que hace poco les
he encontrado sentido. Así que se están haciendo pequeñitos mientras los
transito. Estos miedos llevan el vestido de “soy tonta”. Me costó aprender a
leer, siempre se me dio fatal. Es curioso porque siempre encontré en la lectura una gran
fuente de inspiración y una ventana a la imaginación. También me cuestan las
matemáticas, soy mala calculando mentalmente, esto me lleva a cometer muchos
errores. A este combo le sumamos que mi mente no para de tener ideas, de buscar
información en el contexto, de querer más, de imaginar historias, de necesitar
escribir (a pesar de la dificultad) … Me sentí rota durante mucho tiempo.
Trabajé y trabajo en ello. Estos miedos ahora tienen un nombre, se llaman
dislexia, discalculia y altas capacidades. Conocer esto me esta ayudando a
entender que no “soy tonta”, que no estoy rota, que soy neurodivergente.
Este mismo miedo, a veces, llama a la puerta de mi aula y me dice
bajito que no puedo. Que soy una farsante y no realizo bien mi trabajo, porque
“soy tonta”. Este miedo muta, en su máximo exponente, al síndrome de la
impostora. Se sienta a mi lado cada vez participo en una publicación, preparo una
ponencia o un curso. También justo antes de salir a hablar en un congreso o jornadas.
Leyendo lo escrito, me doy cuenta de que estos miedos, que
tanta compañía me han ofrecido durante años, me han llevado a formarme también
como docente. Empatizo con el alumnado que viene de un contexto complicado,
desestructurado. Escucho con amor y acompaño a las familias. Sin ellas nada.
Entiendo esas mentes neurodivergentes, ahora sé por qué. Y peleo contra los prejuicios de mis compañeras y compañeros. Cada persona es absolutamente maravillosa por el hecho de serlo, de estar viva (esto no es mío, es de Ikeda). Así que podría decir que mis miedos también me han construido, no solo como persona sino como docente.
Tengo más miedos, pero no os los voy a contar todos hoy. Me
tendré que dejar unos cuantos por si algún día me da por escribir mis memorias.
¡No vaya a hacer espóiler!
Para acabar este pequeño fragmento de mis miedos al
descubierto quiero compartir algo que me dijo una vez una amiga, que me gustó y
me impactó. Mi amiga estaba en ese momento viviendo un proceso de recuperación
de cáncer y le pregunté cómo se sentía, si tenía miedo. Me contestó lo
siguiente: “si el miedo va por delante, no te deja ver el camino y es quien te
guía. Si el miedo va detrás pesa como una mochila, aunque no lo veas y no te
deja caminar. Al miedo hay que llevarlo al lado, de la mano, dejarle que te
acompañe sin que entorpezca el camino”. Grande mi querida Gemma.

Gracias Seyla
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