Animal print
Mientras esperaba sentada en el suelo, quizá haciéndome la joven, miraba mis zapatitos rojos. Unas manoletinas de loneta, con una pulsera de esas que agarran el pie. Me recordaban a mi infancia. Infancia en la que nunca me imaginé sentada en la puerta de un aula de la Facultad de Formación del Profesorado esperando a que llegaran mis compañeras y compañeros, aquellos que me acompañarían durante los próximos tres cursos.
La verdad, no llevaba muchas ganas de hacer amigas. A veces
no quiero vincular, supongo que esto también viene conmigo desde la infancia,
esa en la que llevaba zapatitos de pulsera.
Hoy no llevaba zapatos rojos, tampoco iba con la guardia alta
para no querer a la gente, todo lo contrario. Las hubiera abrazado a todas bien fuerte,
incluso hasta a las que no conocía. A las que tenía unas ganas terribles de
poner cara y cuerpo y a las que ya conozco. Pero también, las que no encienden
la cámara y no sabía cómo sonaba su voz. Sus motivos tendrán.
Esta vez voy con el bolso más cargado: el portátil, el iPad,
el estuche, la agenda, un cuaderno… Pero con la mochila vacía.
Ya no cargo con inseguridades, ni con timidez. No cargo con el
miedo a no gustar. Hace mucho que entendí que no puedo gustarle a todo el
mundo. Es más, que no quiero gustarle a todo el mundo. Ya no me pesa la
carencia de un apoyo familiar, ni la vergüenza por ello, como si fuera mi
culpa. Tengo mi propia familia. No me pesa la creencia de no ser capaz, porque sé que lo soy. Y si no lo
soy, tampoco pasa nada.
Hoy cambié esas manoletinas rojas por animal print, que me
reconcilian con mi infancia un poco rota desde mi lado más voraz. Que me reencuentran
con mi lado choni, porque lo tengo, porque vengo de donde vengo y ya no siento vergüenza,
sino orgullo de barrio. Hoy no me escudaba en no querer vincular por miedo al
rechazo, no sentí pudor en hablar a pesar de equivocarme ni sentí caer al vacío
al preguntar mis dudas.
A veces veo a mi niña interior, esa de cuatro años que se sentía
tan perdida. Pero no ha sido hoy. Hoy he visto a mi Seyla de hace 16, en aquel
primer día de magisterio y le he susurrado al oído “no te preocupes, querida. No
sabes lo maravilloso que será este camino, todo lo que enseñarás y, sobre todo, aprenderás”.

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